Principios básicos de supervivencia.

Principios básicos de supervivencia.

Siempre he pensado que los condones de sabores eran como aquellos bolis que tenían tinta con olor, ambos intentan adornar lo desconocido.
Estamos en el “Amador”, es la 1 de la tarde y ya me he tomado medio litro de cerveza en cañas. He ido dos veces al baño y he expulsado al menos 6 centilitros de un líquido amarillento.
No he desayunado porque me he levantado muy tarde, anoche salí también y hoy me va a pasar lo mismo.
He tomado dos rayas en el váter. He comido varias tapas de salchichón pringoso y transparente y un embutido desconocido con los bordes algo duros.
Cuando nos hemos ido del “Amador”, en el techo de un coche muy alto, me he hecho unas rayas y unas viejas nos han mirado con estupor pero se han callado y no han dicho nada.
14 cañas.
Encendemos un cigarrillo tras otro, a mí la coca me da ganas de fumar tabaco para rebajar un poco. Vamos al “Bagdad Café”, pido unos tercios, me tomo tres casi del tirón y no como nada, me entran muy bien porque tengo la boca seca como un zapato. Ponen Los Planetas y aparecen Jota y Eric.
Me fumo un “chino”, en el “Bagdad” me dejan hacérmelos si no doy mucho el cante; he cerrado allí muchas noches y de vez en cuando la camarera y yo follamos en esa penumbra del garito, con ese olor a lejía y a porro, y al sándalo que se pone la Vanessa.
Me he bebido ya seis tercios allí, hemos ido cuatro veces al baño y me he tomado 3 gramos mínimo porque la bolsita está tiritando y hoy me toca apechugar a mí, que los otros ya han cumplido el pufo, tienen algunas posturas y base que huele a queroseno.
Me lío un porro de maría y me siento con Jota y Eric, se van a Nueva York a grabar el disco, joder, los cabrones, si no fuese tan yonki podría haber sido del grupo. Hablamos del Omega de Morente y de García Lorca que sale hasta en la sopa en Granada este año. En la Facultad, los gilipollas con gafas no hablan de otra cosa, parece que lo ha inventado todo, estoy hasta la polla, he pensado muchas veces en dejar los estudios e irme a la Cala San Pedro y a follar todo el día con guiris. O, yo que sé, a Lobras, o a Cástaras, allí están el Jose y el Carlos, pero me gusta demasiado esto, y estoy muy pillado, me cago en Dios.
Salimos y vamos al “Enano Rojo”, el Eric ha quedado allí con alguien. No sé qué hora es, pero me entra la gusa y me voy a comer algo. Me encuentro con “Richal” que va camino de Plaza Nueva, un travesti nos invita a su casa, pero paso del tema y enfilo el Paseo de los Tristes, antes me paro en “La Estrella”, hay unos gitanos haciendo moderneces, vomito en el baño, hay un olor insoportable a coño. Entra una tía desesperada que dice que me conoce y se pone a mear casi en mis pantalones, lleva la entrepierna rapada, me pone un condón de sabores y follamos encima de donde acabamos de mear, hay una luz roja insoportable y un olor a coño que me come, quizá por eso le pongan olor a los condones.
Salimos a la calle de la mano, parece que vamos a casarnos. Vamos al Mirador de san Nicolás, nos hacemos un chino en el hotel, me he encontrado con dos julays que conozco del Albayzín y se vienen con nosotros.
Nadie mira la Alhambra, ni a nosotros, no hay putos guiris arriba, solo gitanos en las esquinas.
No me gusta la heroína, se pinchan, pero paso del tema, prefiero fumarla. El pinchazo va en vena, y se dejan la jeringuilla colgando, un venicidio, y sepa Dios lo que tengan estos, la jeringuilla en el brazo colgando mientras de fondo se recorta la silueta de la Alhambra. Esto es Graná. Y zapatea el gitanito que se acaba de meter, y vomita todo lo que ha comido y se tumba en el poyete sin alma.
La tía esta se ha ido con uno de los julays. Dice el otro que se han ido al Sacromonte, a alguna cueva donde meterse.
No sé qué hora es, pero ya hay luz, “las piquetas de los gallos cavan buscando la aurora”, puto Lorca.
Tengo que ir a ver a mis padres, piensan que estoy estudiando, no saben que soy un yonki. Creo que esta noche voy a morir. Amanezco tumbado en el banco, empiezan a llegar zombis, me meo en su cara y me voy bajando. Me enciendo un chivato que tenía en la oreja, brilla el sol, tengo que ver a mis padres, si no me muero antes…

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Cena con desconocidos.

Bajo una luz indirecta, ocre, que alimentaba solo las esquinas y las puertas. En un amplio salón que apenas contenía libros. Pocas fotos, como si no hubiese ningún pasado en aquella habitación. Un apartamento no demasiado grande, de soltero, casi de necesidad, quizá me hubieran invitado a un espacio habitacional que ellos dos no frecuentaban porque se movían torpes entre los pocos muebles, intentando poner discos que pensaban que a mí me gustarían, pero tampoco tenían por qué agradarme, y acabaron poniendo Charlie Parker, cuando mi debilidad es Bill Evans. Tampoco acertaron con el vino, quizá pensaron que por mi origen europeo me gustaría más el champán, pero ellos saben que yo no tengo gustos caros, y el champán va bien con el pescado, me apetecía una cerveza; ellos prepararon, creo recordar que fue él, que se anudó también un paño de cocina que ponía: Little Italy, y sacó una lasaña del horno. Me quería explicar cómo la había preparado, nombrando ingredientes que yo ni siquiera escuchaba, pero ella me vio echar un rápido vistazo al envoltorio de cartón mal tirado en la basura, el plástico todavía se desenvolvía retorciéndose sobre sí mismo acusador, mientras él, Paul, me enumeraba la lista de ingredientes que figuraba en la parte de atrás del cartón, me estaba empezando a dar asco la comida y el tipo, el escritor. Me intentó contar incluso el lugar de Italia adonde él había viajado no hacía mucho y donde una señora enorme le había confiado el secreto de su rica lasaña. Me contó incluso las veces que se duchó y las veces que se encendió un cigarrillo, las veces que tiró la colilla a un cenicero, y las veces que las había tirado al mar cercano.
– La puesta de sol es un cenicero de Cinzano- dije yo en español.
– Por supuesto- me repuso Auster sin entender nada de lo que yo había dicho.
No había dejado de hablaren todo el rato, un monólogo interminable sobre sus diferentes estados de ánimo, sobre su tristeza matutina, sobre las pastillas que tomaba para sentirse mejor, sumial, prozac, serc 16, escitalopram, sertralina.
Después de su disertación se durmió. Emitió un sonoro eructo y se durmió estrepitosamente.
Siri empezó a decirme que no le hiciese mucho caso, que la medicación lo tenía aletargado, que desde que había dejado de fumar no era igual, después que aquel éxito de Smoke y Blue in the face casi tuvo que volver a fumar como un soldado sin permiso, y eso había dañado sus pulmones, y después ya tenía que seguir escribiendo para poder pagarse el tratamiento de enfisema que le había ocasionado tal ingesta de nicotina.
Siri me sirvió una copa de champán y me dijo que se había dado cuenta de cómo miraba a Paul mientras él nos miraba a nosotros mirando a la cocina, un triángulo de miradas del quenosehabía percatado nadie menos ella que se percata.
Me dijo que pensase en la mujer oronda de la lasaña de la historia de Paul, me preguntó si yo creía que era real, le dije que no, que era una historia inventada, pero me dijo que ella lo creía, creía una mentira creada por su marido, porque Auster nunca miente,tan solo su realidad difiere de lanuestra.
Asentí disgustado ante tal explicación. Miré a la mesilla de la entrada y pensé en mi libro que les había regalado a ambos, envuelto en un bonito papel charol, le dije a Siri que mi regalo era el Quijote; ah, me dijo,ya lo he leído muchas veces, y yo le repuse que también eso era mentira.
Sali convencido de que no volvería a ver a aquel matrimonio de escritores desconocidos.

Reseña de “Metal” de Salvador García Ramírez.

FABRELLAS, JOAQUÍN (2017). METAL
JAÉN: MAOLÍ

SALVADOR GARCÍA RAMÍREZ

Lo primero que llama la atención en este nuevo libro de Joaquín Fabrellas es la cortante contundencia de su título, el óxido que convoca, la inhóspita lámina bajo la que cobija un buen número de poemas que en sus primeros versos se anuncian ante el lector con la violencia de la nada y el vacío, de las que tan solo parece redimirnos la poesía: música y palabra.

En su primera parte, que lleva por título “El desierto comestible”, el poeta desarrolla un discurso circular, casi recurrente, en torno al eje de la palabra; la palabra como elemento de ese desierto que nos relaciona con la violencia, con la historia, con la poesía, con el silencio, con la mentira; la palabra como la partícula que desentraña un universo en el que “El atardecer es una tubería que gotea” y “Nada de lo que digo es cierto”, “Pero yo canto desde las palabras del loco”.

En su segunda parte, “Palabra de barro”, la más amplia en número de poemas, Fabrellas comienza con una serie de profundas reflexiones sobre el hecho de escribir y los componentes que lo conforman o circundan: el poema, la música, los gerifaltes de la poesía y la veracidad de la palabra y el mundo que nombra o reinventa: “La palabra es máscara”, el universo es “creado por el hombre/ como palabra a su imagen/ y semejanza”. El poeta descubre que el error procede del léxico que hemos inventado, en ese léxico se encierra la imposibilidad de saber explicar, de aprehender lo verdadero. Ante el drama de pecado original, el poema perfecto es el silencio. Su visión desolada alcanza una imagen potente en In ictus oculi, que nos evoca a Valdés Leal. El transcurso vital es entendido como ese río al que tanto se recurre en la historia de la literatura, pero que en este enfoque nos lleva a cuestionarnos “si todo es olvido,/ si todo fluye en este río/ de escombros?”.
En Preludio, el poeta enumera una serie de binomios, de contrapuntos cargados con la tensión de su fuerte polaridad. Es por ello un poema electrizado en su contenido, tanto, que se abstiene de pensar incluso en la coincidencia de rimas próximas con potente consonancia.
Como podría suscribir un físico cuántico, en Realidad nos dice: “La realidad solo existe cuando no la mira nadie, / el paisaje solo existe cuando alguien lo mira”. Qué mejor manera de resumir aquel principio de “medir es perturbar”. Esto nos lleva a la paradoja de si es posible comunicar o entender la realidad mediante la perspectiva y las palabras con que el poeta la observa y la perturba. Los poemas, por tanto, se convierten en una sucesión de paradojas en las que se versifica la contradicción: “El tiempo es todo el tiempo, / lo infinito es un instante”, “el futuro es el pasado”, nos dirá en Tiempo. Estas dualidades, su enumeración, pueden constituir el discurso completo, como es en el caso de Movimientos, Tautología o Minúsculo.

Por otra parte, el poeta no puede salir indemne de las contradicciones que descubre, de las tensiones en que vive, de ahí que el poemario esté trascendido por una profunda desolación, aún más acentuada para aquel que conoce la delicadeza, como sucede en Crueldad, o en aquel que tiene memoria y acumula sus Trastos.

En su tercera y última parte, “Tratado de entomología”, aparecen tan solo cinco poemas sin título. En ellos, una cosmogonía de elementos principales: la luz, el agua, el aire, es trascendida por la imagen del insecto, ese componente inasible que todo lo habita y todo lo vigila desde lejos. Los poemas, injertados de múltiples referencias, adquieren otro tono más global, más elevado, sin dejar de incidir en ese pesimismo de la imposibilidad sobre cuyo sustrato germina el libro entero, “porque el hombre era tan solo su olvido” “y lo dicen sin labios sus palabras / por bocas de metal” “callando lo que han visto”.

Pero el verdadero Metal de todo el poemario, el verdadero elemento al que se recurre una y otra vez, es la palabra, la palabra como contrapunto del silencio, la palabra pretendida, la palabra despreciada y despreciable, la palabra insuficiente, la palabra que equivoca. La reflexión filosófica sobre la realidad y la existencia, sobre el hundimiento del tiempo, va tomando diferentes perspectivas de análisis en un poema tras otro de manera casi obsesiva, en un ejercicio sin salida en el que “el poeta es un impostor de silencio: su poema destruye el mundo con palabras”.

En los aspectos formales, los poemas utilizan un verso libre que, sin aferrarse a una métrica inviolable, emplean principalmente la combinación de endecasílabos con heptasílabos. Todo el poemario prescinde de la rima, pero, en su arrebato, a veces se olvida de evitarla cuando ésta coincide con una proximidad que la evidencia.

En este su último libro, la visión de Joaquín Fabrellas nos retrata un mundo imposible de describir, un universo que no es más que el producto de la trampa primigenia de querer nombrar y conocer con palabras deficientes que alteran lo nombrado. Un mundo fallido en el que nos dice: “Existo / por incompetencia del tiempo, / soy su error, o su desolación “. Tal vez, como consecuencia de esa frustración, nos asombre ese un aliento derrotado que recorre los poemas de Metal. Un reguero de amargura y pesimismo ante la mentira, el mercadeo y la imposibilidad de la poesía, nos deja siempre al límite, asomados al borde del vacío, del abismo, de la nada. Qué duda cabe de que este es también el territorio del poeta, porque, no lo olvidemos: “El poeta no es un fingidor: / el poeta es nadie”.

Salvador García Ramírez
Baeza, 4 de abril 2019

La conferencia Sloterdijk

Llegó a mi casa una mañana en el correo. Un sobre de una Universidad. Me invitaba a mí a dar una conferencia. A mí, ¿cuánto tiempo? Por fin era reconocido por mis semejantes, por mis pares, por mis iguales. No había duda, allí estaba mi nombre, el lugar a donde debía acudir a dar mi charla, la hora, el día. Pagarían hasta mis honorarios en esta solemne ocasión. Podía llevar a mi familia, a cuantos amigos quisiera para ver cómo era encumbrado en una de las más altas sedes del conocimiento humano. La Universidad de U. Pero no tenía familia, ni muchos amigos que pudieran presenciar mi laureada posición.
El día se acercaba y preparaba mi disertación, pero de qué hablaría, había pasado tanto tiempo desde que deseé hablar a un público especializado y docto, que se me había olvidado el motivo de mi primer discurso, no importaba: hablaría sobre mi experiencia en el verso, pues soy poeta, el gran Sloterdijk ni más menos, aunque hacía tiempo que no publicaba un libro de versos. Bueno, en general, no publicaba nada. En mi época de estudiante gané un premio de barrio de mi ciudad, y en cuanto a mis estudios, jamás había podido publicar una mísera hoja, pues el genio cuenta siempre con demasiados enemigos. No importaba, daría el do de pecho, hablaría de mi experiencia como lector de mi propia poesía, daría fe de mi propio mundo poético tan rico en variaciones y acentos, a pesar de contar tan solo con unos pocos versos, apenas unos cientos, de gran calidad, pero la musa trabaja lenta, a mis ochenta años había conseguido terminar un poema. Sería de eso de lo que querrían que hablase allí en el templo, ¿verdad?
No importaba, si me querían allí, allí me tendrían, les dejaría boquiabiertos con mi pasmosa seguridad en el habla, con mi lúcida ironía, con el sutil genio que va tejiendo las ideas a mi lenguaje, no en vano era uno de los mejores poetas de mi generación.
Miré el sobre otra vez, allí estaba el día, la hora, el lugar, mi nombre. Estaba mal deletreado, pero qué importaba, habían puesto Slöterdijk, con una diéresis, el mío no la lleva, no la necesita en el sur de donde procedo. Todos lo saben: el gran Sloterdijk, el viejo poeta huraño iba a dar una conferencia en la Universidad de U. Ni más ni menos. Qué pena no tener ni siquiera un maldito gato de compañía para hacerle partícipe de mi gloria.
Llegó el día, me recogieron, me llevaron en un coche negro al paraninfo del templo, caminé lento por los pasillos, me recibieron estrechándome la mano, me decían algo pero no escuchaba, los viejos oímos lo que queremos, no sé sus nombres ni sus cargos, no sé nada de lo que me dijeron pues allí estaba yo, henchido, sin papeles, sin micrófonos, al lado de un cartel que anunciaba mi nombre con falta de ortografía incluida, de todas formas, los apellidos no tienen faltas de ortografía, ¿verdad?
Hablaba de la belleza del verso clásico, de su ritmo, de su acento, de las sutiles variaciones dialectales de la norma vigente de mi poesía, de la capacidad expresiva de la rima como un elemento semántico-fonológico de primera magnitud. Todos me miraban asombrados, advertía yo, pues tampoco veía muy bien, tenía un gran foco delante que me nublaba la vista y que no me dejaba ver a mi público enfervorecido, nadie se movía, todos estaban sorprendidos de mi aparición en aquella sede del saber, la docta casa que me daba la oportunidad de hablar de mi gran obra.
Terminé, aplaudieron como locos, se acercaron a darme la enhorabuena, esto sí lo escuchaba bien, todos me querían estrechar la mano, se acercaban con libros que yo firmaba, libros que nunca publiqué, deberían ser copias apócrifas. Un joven con gafas se acercó y me dijo: ha sido la mejor charla sobre Geología que jamás he escuchado, enhorabuena doctor Sloterdijk; fijaos, ya me hacían hasta doctor, por mi saber, por mi conocimiento, al fin, al fin.
Un hombre serio y triste se acercó y estrechándome la mano me dijo que todo había sido un error, que habían cometido una salvaje confusión, confundir al gran geólogo Dr. Slöterdijk con un anónimo Sloterdijk, que sentían mucho el perjuicio que me hubiesen podido ocasionar, que pagarían mi desplazamiento y todos los gastos ocasionados; de todas formas, afirmó, su disertación les ha encantado a los futuros científicos y geólogos de esta Universidad. Enhorabuena.

Y es cierto, todos me miraban sonrientes.

Una foto. Arqueología de un instante

Estaban todos, era 1957, el set era exterior, un patio a oscuras una noche de verano, la bombilla desnuda, humilde, había sido cubierta con un papel de estraza, pero esto quizá me lo esté inventando, acuciado por la necesidad del recuerdo, impelido por la voluntad del olvido. La mirada al sesgo del personaje que mira de frente esconde demasiadas muertes, muertes que él ignora, pero yo no. Sabe que no tiene una buena mano, por eso aparenta esa fiereza en el rostro duro, cortado por la luz artificial, un rostro que contempla fijo el personaje de espaldas a nosotros, pero que es el único que le ve de frente, no le teme, nada puede temer.
Alguien lleva una túnica del revés, pero de esto me acuerdo poco, porque las veces que he estado ahí, no me dejaron ver más de lo que se puede ver desde la fotografía que todos tenemos delante. Hay una mujer sugerente formando una s con su cuerpo, acaricia tibiamente el cuello de uno de los jugadores, posiblemente sea yo, atrás lleva una pistola, muy negra, todavía fría que no dudará en usar cuando se lo pida alguien, de espaldas a mí, a todos, pero recuerdo que está frente a ellos; la mujer aguarda su orden, casi ansiosa, no mostrará duda o rencor en disparar el gatillo, ha sido engañada tantas veces. Le encanta la crueldad y el dinero.
La mesa es mínima, no tiene tapete, solo un mantel de hule blanco y pegajoso, el sudor forma cercos cuando se apoyan los brazos y la piel se pega al hule, es difícil desasirse de él.
En un momento incierto, todo ocurre, el brazo se despega, un naipe cae en la mesa dando por zanjada esa mano, alguien maldice su mala suerte, el ganador no se inmuta acostumbrado a la cara de póquer permanente y pronuncia muy lento: dispara, en el mismo instante en que alguien apura un vaso de whisky malo y la gota de la frente del sudor del muerto cae sobre el mantel haciendo un ruido metálico, sin vida.
Esto no ha ocurrido todavía.

Joaquín Fabrellas