Níquel. (1ª parte de Familias como la mía). Francisco Ferrer Lerín.

 

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Trabaja Ferrer Lerín como un artesano del tiempo, va sacando la veta, la palabra es buril, gubia a veces, otras bisturí seco, abre la realidad con una mueca fría, de trepanador de sesos de Egipto, como si la realidad ya fuese un juego, un azar con muchas posibilidades, un enorme dédalo para destellar a un público mesmerizado por su lenguaje; a medio camino Níquel entre el diario, las memorias de Paolo Amatller, un niño bien, ya no tan bien, que hereda unas formas propias de la burguesía barcelonesa a la que pertenece.

Sorprende en Níquel, (Primera parte del volumen Familias como la mía, siendo la segunda Nora Peb), el enorme juego de recomposición de la memoria, aunque portentosa en el caso de nuestro narrador, en especial, cuando se convierte en hallazgo literario, hilarante: las moscas crujientes en el fondo de una ensalada del rancho de la mili; los amigos de Amatller en mitad de la semiestepa manchega comiendo tierra en cuclillas ante la atenta mirada de los paisanos del lugar, o la noche toledana durmiendo al raso entre camiones de un circo inexistente.

Mientras Ferrer Lerín va mezclando memoria y ficción, (el poeta es un fingidor), ¿también en narrativa? Los textos se van mezclando, aparecen aclaraciones textuales, (paratextos), cuyo traductor es Ferrer Lerín, como heterónimo apócrifo, lo que hace de la narración un juego de espejos, como un cuerpo en esas salas donde dos espejos colocados uno frente a otro, dan una imagen infinita de ti. Eso ocurre con la literatura en Níquel: es la letra haciendo que recuerda, tergiversando la memoria mezclada con la invención pulcra.

Níquel es el rastreo minucioso en la memoria de un autor que se ha convertido en su mejor versión, es un puzle de recomposición de la materia, y la materia es palabra aquí, certeza, como lo es también el origen de la pasión del protagonista por la ornitología, un mundo que se contrapone a una vida que precisa del azar para subsistir y que encuentra en la ciencia puntos concretos en los que asirse, procedente de un mundo en decadencia, las formas heredadas de la alta burguesía para un joven que se mueve entre la semipenumbra de uno de los círculos del hampa, el juego de naipes, la lista minuciosa de los locales donde se practica el juego, entre la aquiescencia y el chantaje de los poderes fácticos de la larga noche del franquismo.

Pero Níquel también es la prueba, es la literatura hecha recuerdo y viceversa, la sustitución de los hechos mediante la palabra, la recreación novelada de un pasado que se sustituye por la función narrativa: la voluntad de la explicación de un pasado que se hace estético, porque nos recuerda al neorrealismo italiano, la pulsión erótica, la vida que se esconde como un ratón de un destino que se transforma en gato, el juego de los espejos, cuál es el reflejo y dónde está la realidad.  La dimensión del laberinto.

La narración como una enorme mano de cartas, unas situaciones van dando lugar a otras, se aceleran, o se hacen lentas, minuciosas,  o van picando en el borde del recuerdo en función de lo narrado: tiene especial importancia la formación del grupo ornitológico y su lucha contra la clase dominante que intentaba acallar a un grupo molesto de personas que querían inmiscuirse demasiado en un terreno antes reservado a una oligarquía cabrona y fascista. El control de la tierra y su uso y manejo. Las descripciones de las aves adquieren entonces una especial relevancia como contrapunto a la vida azarosa de un Pablo Amatller que vira y revira a lo largo de su experiencia vital.

Otra influencia poderosa es el cine, puede verse en el catálogo amoroso del protagonista, que vive la experiencia erótica titubeante a veces, otras con una seguridad pasmosa, propia de quien ya ha probado sus delicias, descripciones minuciosas con un toque filmado, a déjà vu cinematográfico, a neorrealismo italiano: senos, medias, ropa interior, el perfume, el rastro que deja el deseo…

Otra de las obsesiones en la vida de Amatller es la filología y la toponimia, no en vano, Amatller se matricula en Filología en los setenta, que como la ciencia ornítica, dan más seguridades a Amatller que su azarosa vida que lo lleva a perseguir coches en la noche con un destino incierto. Muy interesantes resultan las cuestiones filológicas sobre el individuo en el grupo y sobre la formación del singular y del plural en las lenguas romances y que hacen referencia al singular colectivo: maíz, madera.

Cuestiones históricas como la situación de Cataluña en la España del final del franquismo que aborda un problema que aún hoy, no ha sido resuelto. Porque trata también la novela  la influencia que tienen ciertos sectores de poder, casi siempre anónimos y ajenos a las nimiedades de la existencia de una monarquía, democracia, o dictadura, donde se hacen con el poder subterráneo y donde ejercen su influencia de manera implacable, los auténticos amos del mundo, invisibles a nuestros ojos.

Todo este collage temático conforma Níquel, un magma asombroso, un juego depurado de  memoria selectiva y caprichosa. Una narración que toma el pulso a la historia y al sentimiento de una época cercana, que nos explica actualmente y que puede verse como un relato inesperado del que vive una vida que no le tocaba vivir. Como toda las vidas, con ese componente de azar inconmensurable que hay en todo el destino de los hombres.

Joaquín Fabrellas

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