El primer búfalo. Ferrer Lerín.

El árbol de Poe. En picado. Poesía.

 

Preciosa publicación a cargo de Francisco Cumpián, el editor que lee con voz suave de cine mientras compra las últimas familias de letras para manufacturar libros con sabor antiguo, como aquellos que se hacían en Málaga de manos de Prados y Altolaguirre. El amor de Cumpián a la poesía nos trae este poemario: El primer búfalo del inclasificable Ferrer Lerín. Inclasificable porque tiene una voz poética que se transforma en cada poemario y porque ningún poema se parece al anterior, vistiendo máscara o no.

Y qué se puede esperar de un poeta que, de entrada, no cree en la labor de la crítica, la exégesis solo cumple una función, la de explicar al propio hermeneuta, sobre esta cuestión yo recordaría uno de los mejores libros de Nabokov: Pálido fuego, donde un crítico literario inventa impávido la historia de la crítica de un autor que resulta ser él mismo.

Los poemas de Ferrer Lerín se explican a sí mismos, pocas veces al autor, quizá a las máscaras, su lenguaje, la expresividad de un léxico forzado a ser otra cosa, a revelarnos la naturaleza extraña de las cosas; los poemas hechos para no formar parte de ninguna institución, de ningún orden preestablecido, la total libertad de la palabra.

Este poemario surgido del encuentro poético entre el editor y el poeta en Málaga el verano de 2016 recoge una serie de poemas clasificados por orden alfabético según los títulos, de nuevo el azar, alejarse de la razón en un proceso creativo, el seguro azar del que hablaba Salinas.

En estos poemas pueden verse ciertas influencias de juventud, casos de plagio inverso como dirá Ferrer Lerín con cierta sorna, y es que “ciertos autores consagrados de hace siglos han copiado de manera inopinada ciertos giros de Lerín”, cualquier crítico lo sabe, o quizá no tenga ni idea, quién lo sabe. Lo cierto es que se pasean por estos poemas, algunos de hace más de cuarenta años,(el poema que abre el libro está fechado en 1968), referencias tardo-modernistas, machadianas, algunas de un vivo simbolismo metafórico, dejes de un cierto spleen francés maldito, pero son heridas de guerra y los poemas conservan la calidad propia del estilo de Lerín.

Destacable es “Casino en provincias”, que responde a cuando el poeta llegó a Jaca, ciudad en la que reside y en la que desempeñó un puesto de especialista en aves necrófagas, como comenta él,  dada su querencia a ciertos juegos de azar ya abandonados, frecuentaba el “casino de los fachas” y el “casino de los rojos” en dicha ciudad pirenaica, de esas visitas se escribe este poema donde se puede ver cierto regusto machadiano, del “Pasado efímero”, esa incontinencia temporal, la naturaleza intrascendente del hombre que pasa su tiempo deshojando un azar que no le es propicio mientras alimenta su ruina moral y físico, el regusto de un pasado gris.

” entre sueños,

creo incluso

que vivo”.

En “Eros” se mezcla la voz del poeta para repasar una historia amorosa, si la máscara le sirve para articular el poema, el culturalismo veneciano le sirve para vestirlo con un sesgo distanciador, una versión idealizada, modernizada de un amor imposible. La lección cinematográfica se enmarca en el recuerdo de un cine barcelonés al que asistía el poeta y donde casi no se paraban de proyectar películas, y donde Ferrer Lerín vio Tres lanceros bengalíes y una tortura aplicada de donde se dice:

“duermes con las uñas teñidas en sangre”

Las ansias amorosas se convierten en una nube con la efigie de Petrarca, el cuerpo de la amada : “el vientre científico / oh luna.”

Otro de los poemas, “Los humildes”, remite sin duda a las lecturas del poeta Saint John Perse que tantas influencias cosechó en España, el verso amplio, la nomenclatura épica de la realidad, un poema que me recuerda al más épico y reflexivo de algunos poemas de José Viñals, otro perseano declarado , Ferrer Lerín nos dice:

“al que es huraño y los suyos comen raíces;

al que pasea una urraca atada a un cordel encontrado;

al que posee una casa y un cerdo y una cabra

y nada veloz en la charca de su vecino […]”

En “Railroad farewell”, quizá un incipiente guiño culturalista en el título, que se continúa además con la famosa crueldad abrileña del verso de Eliot y que sirve a Ferrer Lerín como aliteración con la que trastoca el trasfondo existencialista de La tierra baldía y nos presenta un particular bestiario de objetos y animales que sufren el paso del tiempo escondiendo una intención novo-platónica, ya que el cuerpo de la amada no soporta la imagen de su espejo, quizá de su tibia idealización lírica.

“porque abril es la muerte desde que el aire perdió tu olor

y tu cuerpo ya no empaña los viejos cristales”.

Por último en “Talpa”, nombre científico del topo, nos introduce en un mundo en el que el poeta se siente especialmente en casa, el mundo natural, la herpetología fue la especialidad del poeta antes de ser especialista en aves necrófagas, (ahora me vuelvo a acordar de Nabokov y los lepidópteros), la minuciosidad de su conocimiento, la utilización de ciertos conceptos científicos que más tienen que ver con la descripción de las especies que con lo poético, porque esa es la característica de Lerín, el uso de un léxico fronterizo, que no se sabe muy bien adonde pertenece, su conversión lírica que hace de su poesía una suerte de transustanciación lírica, la realidad que se hace carne, verbo lírico.

Este poema es una reflexión sobre el conocimiento.

“Ayer me fui de toperas, acechadas

en estos días de otoño

[…]

en estas mañanas

medito acerca del limen

ese fiel concepto lábil

que permite el recorrido

de la oscuridad a la luz

de lo sabio a lo ignoto

[…]

Joaquín Fabrellas

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2 comentarios en “El primer búfalo. Ferrer Lerín.

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